martes, 3 de enero de 2012

I. Me Acomodas el Alma

No sé si es tan exagerado
o tan cierto, decir que te amo;
pero no puedo negarte una sonrisa
cuando comparto tu mano con la mía.

Es inevitable no mirar tus ojos,
quienes abrazan la belleza del otoño
y envulven mi alma con sus cálidos y frescos reflejos.

La suavidad de tu fragancia
se compara a un delicado perfume francés;
y mi vida gira alrededor de los sentimientos
que afloran con cada beso tuyo dado a mi alma.

Cómo no adorarte,
pequeña criatura de perlas doradas,
si has sabido acariciar el corazón de un triste poeta.
Cómo no desearte,
si has aprendido a dominar las estaciones de mi conciencia.

Esta noche puedo dormir en paz
pensando en la inocencia de nuestro romance,
junto a las hojas y el viento que acompañan nuestro corto camino a casa.
Puedo, ahora, gracias a tí,
despojarme de la soledad amante de mis penas.
Hoy, gracias a tí,
puedo adormecer tranquilamente mis pestañas,
he imaginar un gran paraiso, del color de tus ojos.