martes, 6 de marzo de 2012

XIV. María Celeste

Escalo en tu mirada,
aquellos rasgos que me enamoraron;
y en el confín de tus pestañas,
veo deslizar suavemente tu alegría
como un dichoso manantial de sales.

¡Musa! ¡Atormentadora de mis penas!
¡Inmaculado estandarte de mi felicidad!
¡Sabes como rellenar los vacíos de mi alma
con el pequeño antídoto de tus besos!

Y en el instante que siento
tus manos acariciar mi cuerpo,
amasijando mis penas y mi dolor,
purificando así, mi conciencia en tus pechos
vuelvo, despertando en tu mirada,
a escalar esos rasgos que me enamoraron.

¡Maria Celeste! ¡Antorcha viviente!
¡Crepúsculo final de mi desgracia!
¡Eres la mujer primera que ha sabido reconocer
con sus manos el calor de mi cuerpo!

¡Y una vez más te escribo a ti,
mi amor de porcelana!
¡Y una vez más por los siglos
tu nombre se leerá!

Tu perfume es náufrago para quién lo encuentre
y para que todo el mundo sepa,
en este vasto planeta,
que tus rasgos,
fueron los únicos que me enamoraron.