Puedo ver, detrás de tus muecas
todo el dolor que has arrastrado por los siglos,
sumisa de lóbregos cantares,
poetiza de los llantos tristes y desconsolados.
Tu angustia conlleva el delirio
de una niña que nunca pudo ser lo que quiso ser.
¡Ay, mi melancólica musa delirante!
Tan bella y tan frágil como el diamante
te me desarmas en sórdido lamentos,
acurrucándote en al única almohada
que es capaz de escucha tus infortunios.
¡Ay, triste dolor de los años!
¡Ay, triste clamor de las penas!
Si supieras que eres tan real como una pesadilla
despertarías pasivamente de tu locura.
Y en el barro te veo hundir,
toda tu cordura envuelta en migrañas.
Y cada vez que vea nacer la luna
en el pórtico estrellado,
sabré que has muerto sin haber vivido,
sin haberte amado,
sin haber existido.
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