I.
Me gusta oler, todavía,
los cabellos que quedaron sobre mi cama;
aquellas finas hebras doradas
que todavía flotan sobre mi almohada
exentas de tu perfume y de tu sabor.
Me he dado cuenta, que el amor vuela,
como las mariposas, las aves;
que en las primaveras de un corazón
el fuego lo envuelve, lo florece
y llegado el frío, la sordidez,
la crueldad de nuestra naturaleza,
como una golondrina encantadora,
migra hacia otro corazón,
hacia otra primavera,
buscando el refugio en los rayos del sol,
adormeciendoce en nuevos aromas,
encontrando nuevamente la paz.
II.
Simplemente mi colchón,
no debería recordarme de que estuviste aquí;
ambos sabemos que ni tu, ni yo, nos amamos
pero sí nos amamos una vez o una noche
o tal vez dos o, quizás, más de tres.
Cuentan que un loco y sabio señor
liberó a sus bellas palomas,
sus amigas de toda la juventud y sabiduría,
que en un solo aletear cobraron su libertad
y las nubes se abrieron para abrazarlas
con las caricias que el viento le regala;
en un solo suspiro, al anciano se le fue la vida.
III.
¡Yo, hoy te libero!
¡Yo, hoy me libero de ti!
¡He de saber que tu no eres el cielo
y he de saber que yo no soy parte de las nubes!
Y una vez más me despido de tí,
y una vez más me despido sin un beso ni un abrazo.
Una vez más me despido de ti,
como si nunca te hubiera conocido.
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